viernes, julio 12

T -172. El Pozo


Año 1991. Estaba cursando el segundo año de la carrera de Comunicación Social en la Universidad del Salvador. Tenía mucho tiempo libre, y muchas ganas de escribir. Ahora conservo lo segundo, huelga bastante lo primero...

En ese momento, tenía el sueño que había originado la novela, y borradores sobre los personajes que la poblaban. Mientras tanto, Natacha y Mara escribieron un libro de cuentos hermoso y simple que, como te contaba, se llamó Simulacro en seis espejos. Algún día podría contarte cómo convencimos a Miguel Briante que nos prestase el Centro Cultural Recoleta para hacer la más disparatada presentación de un libro hasta la fecha.

Volviendo a este grupo que amaba escribir y tenía mucho tiempo, para nutrirnos y generar un espacio creativo, hicimos de esas reuniones de café un taller literario autogestivo. Es decir, nadie es el jefe, cada uno a su obra, todos compartiendo y generando material. Funcionó todo un año los sábados por las tardes en Belgrano R.

Nos promocionamos con carteles en bares, facultades, teatros fuera del circuito comercial, el boca-a-boca... Yo hice el logo y Santiago Fernández Ferreira escribió la poesía que le dio nombre.

Por esas reuniones pasaron por ejemplo Gabriela Bejerman, Andrés Gelós, Lorena Siminovich y algún otro ilustre formando parte de ese laboratorio literario.

Allí lo mio era lo lúdico, venía de escribir un puñado de cuentos, de cumplir veinte años, de leerme los cuentos completos de Cortázar y de acometer Rayuela con determinación vasca (mucha determinación vendríamos a decir).

Allí le conté a una decena de fumadores empedernidos que bebían café intravenoso el argumento de Pluviophilia, mientras les leía cuentos que iban a mitad de camino entre mucho Bradbury y demasiados Cuentos Asombrosos ¿Se acuerdan de esa serie?

En ese ámbito compartíamos libros del tipo El arrancacorazones de Boris Vian, cassettes pirateados de This Mortal Coil, y rarezas similares.

El Pozo, lejos de ser un ámbito depresivo, era una verdadera trinchera, un lugar desde dónde resistir y seguir escribiendo, aunque fuésemos estudiantes desempleados, actores, diseñadores gráficos o comerciantes del Once.

Ahí había gente que quería leer lo que había escrito, buscaba disparadores que la llevasen a escribir más, y mucha gente con ganas de escucharte. Hoy, más de veinte años más tarde, no te tomás dos colectivos, un subte y un tren para compartir lo que escribís con otros, lo tenés en la punta de los dedos. Tenés tanto, y tan a mano, que es difícil concentrarse en algo. Vivimos abandonándolo, volviendo, salteándolo.

Hoy estamos saliendo del pozo todo el tiempo y saltando de agujero en agujero. En ese momento para crear había que ponerse a cubierto.




1 comentario:

Alejandra Dixon dijo...

Cambian los medios, cambia el formato, cambiamos de decada y de habitos, pero conservamos la polenta y las ganas de crear.
Me gusta saber que seguis en el pozo donde germinan tantas maravillas!
Gracias por compartirlo!
(Por cierto, me regalaron Lugares con Genio, de Fernando Savater. Una cronica de ciudades y sus escritores emblematicos. Ya te contare...)